14/01/2020 - Leído 72384 veces

LA COMPASIÓN: UNA VÍA PARA LA RECONSTRUCCIÓN

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LA COMPASIÓN: UNA VÍA PARA LA RECONSTRUCCIÓN

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Llevamos varias semanas pensando cuánto podemos hacer en nuestras familias para no ser parte de la violencia que nos rodea, no entristecernos y no tener esa sensación de desesperanza que inmoviliza. Lo piden mamás y papás. Lo piden los pequeños. Todos estamos necesitando nuevos referentes emocionales para no decaer y además, para sentir que hacemos algo útil.

Aparte de experimentar el impacto negativo de las dificultades políticas, económicas y sociales del entorno, estos también han sido meses de revisión de nuestras relaciones en contextos más íntimos y de “medir” nuestra capacidad de participación, desde cada una de nuestras posiciones particulares. Venimos hablando, desde hace mucho tiempo del necesario desarrollo de la empatía y la compasión, una habilidad emocional que funciona como muro de contención frente al conflicto porque puede dar paso a la comprensión de quienes son diferentes a nosotros, puede permitir escuchar y analizar distintos puntos de vista.

Venimos recordando nuestro papel de mediadores: una cosa es lo que vemos fuera de casa, otra lo que podemos generar desde adentro. Y entonces, hemos venido pidiendo constantemente buen trato a los otros, cortesía, amabilidad, sugerimos hacer favores, recomendamos evitar las críticas duras y ofensivas, o usar calificativos.

Pero para que una sociedad se supere de manera integral, tenemos que promover el desarrollo de habilidades emocionales mucho más inclusivas, como la "compasión".

El término "compasión" suele tener connotaciones negativas porque parece implicar menosprecio hacia quien sufre. Y es totalmente lo contrario: Apunta hacia la valorización activa de sus derechos humanos.

La compasión supone:

1.    Comprender conscientemente el sufrimiento del otro

2.    Reaccionar ante ese sufrimiento.

3.    HACER por el otro.

La compasión es más que empatía. En realidad, es una invitación a trascenderla. Supone entender aquello que genera sufrimiento en el otro (conocido o no), pero sobre todo, supone actuar para reducirlo.

¿Por qué nos cuesta ser compasivos?  Porque la compasión exige el coraje de ver lo que es más fácil ignorar. Requiere la valentía de lidiar con realidades dolorosas. Porque inconscientemente nos defendemos ante el sufrimiento. Porque negar es emocionalmente “más económico”.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo bueno y desinteresado por alguien desconocido? ¿Cuándo fue la última vez que ayudaste a resolver un problema de alguien más, sin esperar nada, sólo aliviar su sufrimiento? ¿Cuándo fue la última vez que cediste un beneficio a otro, porque para esa persona era importante?

Desde la psicología, lo venimos estudiando:

La compasión está siendo una vía de re-definición del sustento emocional de la sociedad.

Vivir atentos a nuestras posibilidades de expresar compasión, no es vivir para la lástima o la caridad: es hacerlo para reparar una fuente de dolor que no es necesariamente propia, superando circunstancias personales. La compasión, permite "tejer comunidad" con hilos de gestos y rituales para afrontar el trauma y encauzar el dolor social.

La compasión necesaria en tiempos de crisis y duelos podría ser fácil ante una “víctima inminente”: aquella que parece pertenecer a nuestro grupo de referencia.  Distinta es la cosa cuando la víctima se acerca a otro polo. Cuando quien necesita empatía y ayuda no necesariamente “nos corresponde”. Cuando sus comportamientos se distancian de nuestras expectativas. Entonces, ya no es tan fácil, entonces, no se recibe bien la invitación de comprender y hacer por el otro.

Por eso, sentimos que debemos hacer énfasis: ¿Por qué nos cuesta ser compasivos?

Racionalizamos para no involucrarnos. En principio, porque la compasión exige el ejercicio de afrontar situaciones que nos duelen y tendemos a defendernos ante el sufrimiento. Tener compasión exige ver conscientemente al otro y además exige mirar[nos].

¿Cómo miramos nuestro interior?  ¿Cómo nos percibimos en medio de una realidad difícil de procesar?  ¿Cómo atendemos nuestra ira?  ¿Nuestras frustraciones? ¿Las justificamos?

Tenemos muchas razones para estar molestos. Tenemos muchas razones para patalear y vociferar desde las vísceras. Pero, luego de los gritos… ¿Pensamos si podemos hacer algo más para procesar esas “pasiones”?

Nos decía una mamá, hace un tiempito: “Calmé el dolor de perder a mi hija, sólo cuando pude ayudar a otras madres”. Leamos bien: Calmó el dolor. No lo eliminó, no borró el recuerdo de su bebé, no lo negó. Sólo consiguió alivio en la posibilidad de aliviar a otros. De sumar bondad en otros. De quitarles peso. Cuando lo hizo, se regaló bondad a sí misma. Se quitó ese peso que le presionaba el pecho y no la dejaba respirar.

La compasión nos pide trascender y trascender es un verbo difícil de conjugar. Porque no sólo tenemos razones socialmente aceptadas para quedarnos en la queja. También porque implica mirarnos y comprender que quizás, sólo quizás, estamos equivocándonos en la forma en que nos expresamos.

Reconstruir la sociedad que hoy sufre también pasa por sanar nuestras propias heridas.

El juicio rápido nos protege. En cambio, debemos atrevernos a mirar cómo fuimos perdonados (o no) cuando cometimos un error. Mirar cómo fuimos ayudados (o no) cuando nos caímos. Mirar cómo esperábamos comprensión, cuando nos sentimos humanos y vulnerables. No siempre hemos sido fuertes. No siempre hemos tenido la razón. A veces, nos han ultrajado. Y entonces, la respuesta del otro “marca” nuestra respuesta.

Ya ven... Comenzamos hablando de reparar el tejido social… pero el ejercicio pasa por la reparación de nuestros propios tejidos ¿Seguimos pensando?

Irene Ladrón de Guevara

Especialista de Tu Terapia en línea

IG: @infanciaenmas

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