19/10/2018 - Leído 29050 veces

LA EXPERIENCIA DE LA PÉRDIDA

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¿Cómo manejar el DUELO?

Todo ser humano está expuesto a que en un momento dado, sufrirá la pérdida de un ser querido. Todos vamos a morir. La existencia se debate entre la vida y la muerte, y esos polos son difíciles de armonizar. La lógica de las generaciones nos muestra que los mayores se irán y esa despedida es más tolerable, pero siempre difícil y dolorosa. Sin embargo, pueden morir personas a cualquier edad, y esas pérdidas resultan todavía más impactantes, inadmisibles y arduas de asimilar, inclusive los niños se ven confrontados a la pérdida  de personas tan importantes como abuelos, padres o hermanos.

Muchos se han ocupado  de abordar la realidad de la muerte, especialmente las religiones y las filosofías. El psicoanálisis y otras escuelas psicológicas se han detenido a ahondar en esta estremecedora experiencia que pone en entredicho toda la existencia del sujeto afligido por la pérdida de un ser querido. A este estado de profunda afectación, se le conoce como luto o duelo.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, definía el duelo como un afecto normal y que por regla general, es ¨ la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc”.

Tradicionalmente, se reconoce en la clínica psiquiátrica un proceso de duelo como respuesta a las pérdidas significativas, que admite varias fases, aunque estas no necesariamente se sucedan de manera secuencial.

1) Fase inicial: El impacto psíquico de la pérdida puede producir un estado de perplejidad, donde predomina una negación o una incapacidad de reconocer el hecho acaecido.

2) Fase de contacto con la realidad:  en la que sobrevienen sentimientos de dolor, tristeza, llanto, culpa, vacío y fantasías de correr la misma suerte del fallecido. Se acompaña de alteraciones de los ritmos biológicos de hambre y sueño, dolencias somáticas, apatía sexual, pesimismo, etc.

3) Fase de recuperación: en la que se van atenuando los síntomas de la fase anterior y se va instalando progresivamente, el interés  por el quehacer habitual y el plan personal.

4) Fase de resolución o conclusión del duelo: en la que se acepta la pérdida, se reconoce lo que sigue indemne y se aplica la energía o interés vital hacia otros objetos (personas o asuntos de la vida).

Freud se ocupa de describir este tránsito en lo que llama el trabajo del duelo, el cual supone lo siguiente:

•    Examen de la realidad, muestra que el objeto amado no existe más.

•    Necesidad interna a quitar la energía vital de los enlaces con ese objeto.

•    Renuencia a tal desconexión.

EL DUELO NORMAL

Subrayemos que este proceso es lento y consume una considerable cantidad de tiempo. Es importante que la persona (y su entorno) bajo los efectos de una pérdida significativa, transite un período difícil, en el cual predominará la tristeza, un cierto grado de pesimismo, una reducción de su ímpetu vital y hasta un descreimiento en las razones y creencias  que han animado su forma de vivir. Lo mejor, es admitir y tolerar ese estado especial de cosas que tienen como vivencia principal el dolor. El dolor no es una enfermedad ni un equívoco: es el sentir concordante con lo acontecido, el derecho del alma a llorar por todo lo perdido. Solo respetando el dolor del sujeto, podrá irse despidiendo del ser amado.

Los sueños  de esos momentos de duelo ilustran clara y dramáticamente las vicisitudes internas del sujeto en duelo. En sueños iniciales aparecerá la persona fallecida, como si nada hubiese ocurrido, en un esfuerzo de la mente por preservar al ser perdido.

Después, los sueños  se complican. Algunos escenifican las circunstancias de la muerte y se intenta prolongar la vida o torcer favorablemente los hechos fatales. Más tarde, al soñar con la persona viva, el soñante se percata que en realidad ha muerto y sufre un gran dolor en medio de tan ambigua escena. Posteriormente, se sueña con buscar al ser querido muerto en lugares familiares, o esperar a que llegue de un viaje que se ha prolongado en demasía.

Otras veces, se admite la muerte, pero se presenta algún tipo de invitación a ir al más allá a reunirse con el ser amado. Valgan estos ejemplos para mostrar el arduo trabajo psíquico que inevitablemente ocurre internamente en la persona afligida por un duelo.

No es exagerado cuando un doliente expresa que ha perdido una parte de sí con la muerte de una persona amada. Aunque el ser humano enarbole como una gran conquista su condición de individuo singular (valga la redundancia), nunca somos tan individuales y nuestro ser se desborda, se prolonga y existe en y con otros, que al faltar, nos dejan  una suerte de mutilación, hasta que con el tiempo, recomponemos una nueva imagen de lo que somos.

EL DUELO TORTUOSO

En algunas personas, el duelo se complica y se prolonga de manera compleja y se torna en un estado de melancolía, en un cuadro de depresión, con las siguientes características:

•    Una desazón  profundamente dolida.

•    Una cancelación  del interés  por el mundo exterior.

•    La pérdida de la capacidad de amar.

•    La inhibición de toda proclividad.

•    Una disminución del sentimiento de sí mismo.

•    Auto reproches, que pueden llegar hasta una delirante  expectativa de castigo o muerte.

De esta forma se reconoce un proceso en apariencia semejante al duelo, pero con una evolución más severa. Ya no es el mundo  el que se ha hecho pobre y vacío, sinó es el propio ¨yo¨ quien resulta vacío y empobrecido. El melancólico sabe a quien perdió, pero no lo que perdió con él. Para que se verifique este enigmático y dolido escenario, se requiere de una particular relación previa  con el objeto, un vínculo de carácter imperioso y de relevante significado o de esencial soporte.

Es el caso de la relación con hijos pequeños, o de una entrañable relación  de pareja, o de padres  con quien se tiene una gran dependencia. En estos casos (similares), la existencia del sujeto esta íntimamente entretejida con el ser querido, y su pérdida determina un caos y un derrumbe del sistema personal. En esta configuración, puede resultar muy difícil concebir una viabilidad de la existencia sin el aporte de sentido, soporte y vitalidad del ser querido fallecido.

Las cosas se hacen más difíciles cuando la relación con el ser fallecido estuvo entretejida en ambiguos  afectos de amor-odio.

No sólo se sufre por su ausencia, sino que el remanente  de rabia, reproche y hostilidad, se hace inmanejable y se vuelve hacia el sujeto sobreviviente en forma de culpa irreparable, reproches y vivencias inconcientes de castigo. Este escenario es propicio para ideas e incluso actuaciones suicidas.

Ante configuraciones como las descritas anteriormente, resultará de una ayuda invalorable y reparadora, la asistencia psicoterapéutica que ayude a rescatar los recursos y fortalezas del sujeto doliente y una elaboración de los aspectos conflictivos que existían con la persona ahora ausente.

ESCAPANDO DEL DUELO

Un cierto grupo de personas afectadas por la pérdida de un ser querido o de una condición valiosa y significativa, reaccionan “decretando”, por así decirlo, el final de su dolor y afectación. Para establecerlo, presentan una suerte de escenificación de lo contrario. Se tornan activas  y entusiastas, instalándose en una posición que se denomina estado manÍaco, que supone, la negación o minimizar la pérdida ocurrida.

Algunos psicoanalistas  describen esto como una pose de triunfo sobre la el objeto (persona)  necesitado. Es una sobre reacción que pretende  anular la falta y su correlato emocional: la tristeza y el sufrimiento. Si el sujeto lo permite, un psicoanalista se ocupará de ayudar a la elaboración de las pérdidas y a desmontar la impostura  de la euforia, a través del instrumento de la palabra y el acompañamiento, es decir, ejerciendo pacientemente la interpretación.

A mi manera de ver, el ejercicio de los procedimientos psicológicos, no excluye el uso del arsenal psicofarmacológico que puede ayudar a aliviar extremos emocionales, favoreciendo el proceso de elaboración del duelo. Los excelentes antidepresivos y antipsicóticos que ha desarrollado la industria farmacéutica, pueden ser un valido y útil recurso. Sin embargo, debemos advertir sobre el riesgo de una velada iatrogenia (efectos negativos de un tratamiento), a la que puede conducir el abuso  de los mismos. En la medida  en que su fuerte efecto regulador o elevador del humor  se desarrolla, se corre el riesgo de generar de manera forzada, un estado anímico de bienestar, que rompa esa articulación emocional y cognitiva  con los procesos  de reacomodo psicológico que se operan en el mundo interno.

Se puede propiciar una detención del proceso de duelo, que quedaría “encapsulado” y a la espera  de una próxima reactivación, que los muy organicistas calificaran de recaída, pero que corresponde más a un duelo intermitente, es decir, una suerte de sub-cronicidad. 

Reflexión.

La observación de la experiencia de duelo nos muestra diferentes destinos  de dicho proceso, especialmente aquellos que se prolongan penosamente y parecen no ofrecer salida y motivaron la indagación de Freud, la cual persiste entre los que nos ocupamos del sufrimiento humano.

El escenario del duelo genera muchas preguntas:

¿Cuándo hablar de duelo normal?  ¿Cuándo hablar de duelo prolongado? ¿Cuándo hablar de un duelo patológico? ¿Cuándo hablarde un duelo detenido o de un duelo postergado? ¿Por qué la energía vital no se ha podido reconducir  a otros objetos?  ¿Es razonable una distinción nítida entre un duelo normal y un duelo melancólico? ¿En qué consiste realmente el desenlace del duelo?  ¿Es concebible una resolución del duelo en  todos los casos?

En primer término, es necesario hacer una reconsideración de la concepción del duelo basada en la carga de energía vital invertida  sobre el ser querido, que se vería diluida o retirada ante la ausencia del mismo. Creo que hay que considerar la importancia vital, lo que ha significado ese vínculo, lo que ha representado en la existencia del sujeto. Esto plantea, entre otros, el problema de cuán sustituibles pueden ser los objetos de amor.

La pérdida de la madre o el padre para un niño, la muerte de un hijo joven, la pérdida de una pareja que ha acompañado una parte  considerable de la vida. La pérdida traumática de escenarios de vida estable y gratificante como ocurre en guerras, persecuciones genocidas, migraciones forzosas, desastres naturales, ¿pueden ser objeto de sustitución? Creo que es válido considerar algo así como los límites del duelo, al menos en la acepción tradicional de una resolución del mismo.

Por otro lado, es importante considerar el entorno personal del sujeto en duelo y los factores culturales actuantes. Un ejemplo que me resulta lleno de interesantes sugerencias, es el que ofrece la milenaria tradición hebrea que, a mi manera de ver, ha captado con acierto la naturaleza de tal vicisitud y ha ritualizado cuatro fases del duelo que coinciden con las fases de la psicología contemporánea. Los beneficios terapéuticos  de estas prácticas que aceptan  o incluso alientan  la expresión del dolor, son evidentes.

Es igualmente significativo como el encontrar soporte de familiares y amigos, puede preservar condiciones para que la persona en duelo mantenga activos sus vínculos, actividades e ilusiones, a pesar de lo dramático de la pérdida sufrida.

Lo que encuentra la mirada de el psicoanálisis en la persona afligida por una  pérdida severa, es que toda su historia personal resulta estremecida y en cierto sentido, puesta a prueba. 

El duelo en la infacia

Todo infante está supuesto a desarrollar y disfrutar de intensos apegos a sus progenitores y cuidadores en general. Pero también se ve forzado  a experimentar separaciones y deslindes necesarios para su constitución como persona independiente y singular. Primero pasamos por una estrecha simbiosis con la madre que es fantaseada como una relación exclusiva y maravillosa, para luego reconocer que no se es único y que hay que compartirla con otros. Esto da paso a una trama interesante con ambos padres, deseando ganar su afecto y atención permanentes, hasta admitir que la vida empuja a buscar otros rumbos y otros amores.

En este recorrido hay pérdidas, despedidas, renuncias, que son como experiencias primordiales  equivalentes a duelos. Se dice rápido, pero nadie deja de tener un tránsito tortuoso, lleno de nudos y circunstancias penosas y confusas. La viabilidad hacia la vida adulta es difícil: deja huellas, heridas y adherencias.

No es de extrañar, que la persona afectada por el dolor de la pérdida de un ser querido actual, se vea removida y de vuelta a revivir consciente o inconscientemente, coyunturas pretéritas de pérdida, soledad y hasta desesperación. Pero también es cierto que pueden concurrir en su auxilio, experiencias de separación  y despedidas  de los seres amados de la infancia, que fueron entendidas y toleradas, dejando un remanente interno de amor y compañía.

EL DESTINO DEL DUELO

Finalmente queda la pregunta en cuanto al destino del vínculo con el objeto amado perdido. La idea de una disolución total del duelo es muy discutible. Nuestra propuesta es que, así como los objetos de amor infantil no desaparecen, sino que son incorporados  como referentes en el ideal del ¨yo¨ y en el llamado carácter, los objetos y situaciones perdidas son incorporados en una nueva modalidad de vínculo que podríamos llamar relación con un objeto perdido, internalizado.

Este sigue teniendo significación y existencia en esa nueva y distinta cualidad, caracterizada por su ausencia y su falta, pero sosteniendo el sentido de lo que significó su realidad. Un ejemplo de esto es el afecto e influencia que pueden seguir teniendo en sus familias los abuelos fallecidos, o los patriarcas fundadores de las naciones.

En síntesis, el ser humano, en razón de su agobiante relación con lo real, es adaptativo y conjuga en presente; es contingente y hasta pragmático, viéndose forzado a reactualizar permanentemente su escenario vital. Pero si algo nos enseña el psicoanálisis es que el sujeto es inmensamente histórico. Por tal razón, hay mucho de verdad en la ilusión de vida eterna que se enarbola en desafío a la muerte.

Ante la inevitable realidad de las cosas que terminan, el duelo trabaja para admitirlo, pero también para reconocer  y sostener lo indemne, lo sobreviviente y la huella de lo que existió.    


Carlos Rasquin

Psiquiatra/ Especialista de Tu Terapia en Línea


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